domingo, 12 de mayo de 2013

CONVERSACIÓN - FÉLIX FRANCISCO CASANOVA





No quisiera ponerte nerviosa.
Es la primera vez que algo
nos va a separar,
porque es la primera vez
que te produciré auténtico
miedo.
Así que empiezo otra vez:
quiero ponerte nerviosa,
quiero que tiembles
y quiero que aprendas
a hacerme temblar.
Amo a la gente neurótica,
los cuchillos y las guitarras eléctricas.
Soy un hombrecito insano,
el más perfecto de los traidores
porque no tengo causa.
Desconfía de mí,
que se trabe tu lengua
al darme la espalda.
Ése es el primer paso.
Toma conciencia de que mis manos
no sólo sirven para acariciar
y hay muchas palabras
que contigo nunca he usado.
Fíjate en que esto ya no es un poema,
que yo no soy el mismo para ti
desde que empezó este diálogo.
Imagínate sufriendo
toda la eternidad
el aullido del parto.
Suéñate en un coito largo como la vida,
conocer de memoria las lentas variaciones
del rostro durante el orgasmo.
Vivir el placer de los fantasmas,
el placer de las camas que soportan cuerpos y cuer-
pos
sin diferenciar si eres un vivo o un cadáver.
¿Ya tiemblas?
Quisiera ordenar con lógica
mi discurso,
pero no puedo.
Sólo deseo que te hundas
en mi carne cenagosa,
gritarte desde el infierno:
¡Ayúdame, ayúdame
con tu viejo pelo negro
y tu boca redonda!
¿Me comprendes?
Huelo tu miedo pequeño y frágil
que invade tu conciencia virgen
y los correosos deseos rojizos
que arden en ti y no reconoces.
Mujer desnuda en una doble página
de un libro de arte,
tomada salvajemente por un jíbaro loco,
por un niño dado a luz en un pesebre,
barrida por el aliento sucio
de maridos que emigran en tren de medianoche,
con voz de odio hciendo el amor, de
chorlito dorado americano y de
gato chino del desierto.
Porque el Amor es una enorme trampa
para cazar hormigas y elefantes,
pero la palabra Amor
es como la palabra Dios,
siempre con mayúsculas
para que no se esfume el encanto.
¿He logrado confundirte,
o sólo he conseguido que me beses la frente
y murmures con ternura que estoy enfermo?
Lo cierto es que ya nunca me verás igual,
siempre imaginarás secretos
oscuros encerrados en mí,
¡pero eso es lo que quiero!
Le daré otro giro:
ese amor de llorar en una despedida,
de presentir los próximos gestos
educados y gentilmente eróticos
a que te has habituado,
de gozar con las palabras de agua,
olas mansas que no producen el menor daño,
te aplacan la sed
e impiden que te tortures
más de lo establecido.
Pero yo te susurro
venenoso
que existen
los trenes secretos del corazón,
las huellas en los pasillos de madrugada,
las jeringas jadeando
en encerradas habitaciones,
los pechos azotados por látigos de semen
y los sueños sangrientos...
Porque la Represión es
la más peligrosa caja de Pandora,
porque el dolor oculto
es el arma mejor montada,
porque ser consciente
es vivir siempre junto a la muerte,
delante,
atrás
o en medio como nosotros,
la raza de los agonizantes.
Estoy seguro de que me vas comprendiendo:
hay un millón de sensaciones
que te entran por un ojo
no más levantar el párpado,
el otro espera cerrado
su oportunidad.
Éste es mi último intento:
quiero verte alcohólica
para que me escupas en la boca,
quiero que te sientas
camello, león y niño,
quiero verte en forma de hombre,
quiero que veas en mí
un espejo interminable
y que te arrojes a él
con todas tus fuerzas,
hacia el fondo,
lo hondo
del
fondo...
Sssh,
mi amor, no llores más.
Fue tan sólo una broma.
Caminamos por un parque
y llueve
sobre nuestras cabezas unidas.
Es todo maravilloso
¿o no?
... Oye, amor, contesta...
¿O es que te has quedado
muerta?

                                       20 Abril 1975




miércoles, 8 de mayo de 2013

WUTHERING HEIGHTS





Y en la alta noche
encamina tus pasos hacia el sueño.
José María Álvarez


 Al siamés.


Ella dobló la punta de una hoja
-cualquiera valió-,
y en ese preciso momento
él sintió cómo
el libro
dejaba de pertenecerle.

 



domingo, 5 de mayo de 2013

RESEÑA DE "CALAMIDAD Y DESPERFECTOS", POR RUBÉN CASTILLO

 
Gracias a mi querido Rubén por sus palabras.
Todo un honor. 
 
 
 
 
Toda edad (incluso las poéticas) debe tener su voz, su intensidad, su tono, su volumen, y está bien que así sea... Lo digo porque acabo de terminar un espléndido poemario de la joven Noelia Illán Conesa y no puedo estar más entusiasmado con los versos que me han asaltado desde sus páginas. Me gusta su constante burbujeo de erudiciones diversas; el modo natural, sorprendente, en que Shostakovich rima en sus líneas con Enrique Bunbury o Nirvana; la fluidez con la que Goethe, Propercio, Robert Musil, Bukovski o Flaubert se dan codazos y se acomodan en el mismo sofá de versos, bajo la mirada ciega de Borges o las citas sarcásticas de Woody Allen.
 
Me ha dado la impresión de que Noelia sabe lo que se hace y lo hace muy bien. Tiene una cultura tentacular (es profesora de Clásicas) y la desparrama a su antojo, con gran sabiduría, burlándose de normas y almidones, de progres y de rancios. Porque su poesía es su territorio, y en su territorio sólo ella fija las normas, eleva torres, construye túneles, taladra evidencias, se rodea de amigos, viaja a Marruecos, duerme sola o acompañada o escribe poemas boca abajo. Es su privilegio. Es su decisión. Y quienes la leemos salimos borrachos de propuestas, acribillados de metáforas, llenos de luz y cigarrillos de madrugada. Tan pronto nos brinda un delicioso “Vocabulario mínimo” (p.36) como nos actualiza historias antiguas desde una mirada nueva (“Proserpina Palinodia”), nos habla de naufragios del alma (los únicos naufragios, los auténticos naufragios, los peores naufragios), de chicas solitarias que comen nachos por una calle de Murcia o de infancias que reposan en cajas de cartón... Y lo anega todo con adjetivos dulces, con verbos como zarpazos y con juegos de palabras donde se decanta por el lirismo insólito (“Desolada, como la luna”), deportivo (“Campeón del mundo de los besos pesados”) o filosófico (“Tempus non fugit”).
 
Noelia Illán arde en la explosión de la palabra, le saca chispas a la vida y al idioma golpeando contra el pedernal. Y el resultado lo tenemos aquí: cuerpos, libros, almas, labios, música y alcohol, combinados con la fuerza de un talento incuestionable. O dicho de otro modo más simple: densa, vívida, poderosa poesía. En mí tiene desde ahora a un lector entusiasta.
 
 
Rubén Castillo
4-Mayo-2013
 
 
 
 
 
 

miércoles, 24 de abril de 2013

LA ESCLAVA INSTRUIDA


Este fragmento de "La esclava instruida" se leyó con motivo del día del libro en Zalacaín. 

Primero, agradezco a Isabelle que contara conmigo para tan emotivo evento. Gracias por el esfuerzo e ilusión que pones en cada cosa que haces.
 
Gustara más o gustara menos este fragmento a los asistentes (no sólo el sentido de las palabras, sino también cómo lo leyera una servidora), el caso es que debo decir (y lo digo tremendamente orgullosa) que el trasfondo, el alma, la esencia de ese fragmento tan difícilmente escogido llegó de seguro a dos personas que en la sala se encontraban. 
Cuando acabé de leer y aquellas dos chicas -jovencísimas- me pidieron con los ojos llenos de júbilo la reseña de aquellas palabras que modestamente leí, supe que estaba ante dos nuevas devotas de esa maravillosa novela. Sé que José María estaría orgulloso. 

Yo, por mi parte, me siento feliz. Gracias.





Después, rendida, rendido, nos quedamos el uno junto al otro, acariciando débilmente con nuestros dedos nuestros cuerpos. Encendí un cigarrilo, te lo puse en los labios y encendí otro. Te contemplé junto a mí, espléndida, brillante de sudor y saliva y semen, con el pelo revuelto y los ojos cerrados, abrasada por el placer; me vino a la cabeza una palabra, gallega, la más hermosa que conozco, para significar el brillo de la Luna sobre las aguas: “ardora”. Y esa belleza, esa criatura excepcional que yo había modelado en lo grandioso, era mía, “quería” ser mía. Y esa mujer magnifica me deseaba, me amaba. Abriste tus ojos, tu boca se estremeció y me besaste, y yo supe que todo estaba bien, que todo había estado bien, que todo estaría bien.
Me miraste –ah, tus ojos, tiernos, misteriosos, impuros, indiferentes y llameantes- y tus ojos me acariciaron como poco antes lo habían hecho tus labios lamidos, tu lengüecita caliente. Poderosa y descarada, tu fantástico poder resplandecía con la furia de una erupción volcánica en aquella fabulosa complicidad conmigo, tu igual, una sola carne ya para siempre, altar de la sexualidad, del placer, del esplendor. Eras un ser lujoso y depravado y bestial y santo y magnifico. Eras la vida, el rostro más invulnerable y hondo y divino de la vida. Me besaste con un beso largo, inacabable, sin retorno.

-Nunca como hoy has sido el vampiro –me dijiste.

Metiste una cinta con La ofrenda musical a Federico el Grande.


La tarde había caído. La ciudad –fue la primera vez en casi cuatro años que miramos por aquel ventanal- se velaba en un crepúsculo que hacía fantasmales los edificios, y empezaba a iluminarse, nocturna, lejana, fría, incomprensible.

Me levanté.

-¿Quieres una copa?

Me pediste un gin-tonic y empezaste a vestirte. Yo puse el 27 para piano de Mozart.

-Allí está todo –te dije-. Todo lo que sabía. Todo lo que era.

Me miraste. Miraste por el ventanal mientras bebías tu gin-tonic. Después, como Greta Garbo en Cristina de Suecia, acariciaste los muebles de aquel apartamento, las paredes, la cama húmeda y que olía a nosotros. Y mirándome con una sonrisa de absoluta felicidad, de estar ya por completo en paz con la vida, contigo misma, con una sonrisa que por un instante fue toda la dicha, me dijiste, parafraseando dos textos que tú muy bien sabías cuánto amo yo:

-Quien venga después, reinará como un malvado.

Y, ya en la puerta, te volviste, mirándome, y había amor en esos ojos: “Soy, como la Fatmé Montesquieu, libre por l´avantage de mi cuna, y tu esclava por la violencia del amor”.

Y saliste. Alejandro Magno no llegó tan lejos.

Querida, ya eras indestructible.



José María Álvarez